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NUESTROS LIBROS: Una vida tranquila

Cuando le preguntaban a Morandi por qué tenía tanto apego por sus materiales y objetos gastados, respondía: Los pintores japoneses no tiran los pinceles que usan, los entierran.

Aunque a la hora de reflexionar sobre casi todo y de construir una obra de implicaciones universales sin salir de la ciudad propia, seguramente, nadie gane a Kant, Giorgio Morandi fue, sin ninguna voluntad de querer situarse en ese rol, maestro de maestros en la representación de la sencillez de la belleza sin objeciones residiendo, prácticamente toda su vida, en su célebre casa-taller de la Via Fondazza de Bolonia y esquivando casi cualquier viaje.

Su mundo fueron su hogar (que compartía con varias hermanas, de espíritu discreto y tranquilo similar al suyo) y sus objetos, que construía en sus lienzos mediante la volumetría, el color y la luz, a sabiendas de que contienen una abstracción derivada de su depuración y de la carencia de anécdotas. Sus composiciones transmiten silencio y concentración, y en esas mismas condiciones fueron creadas por un autor que se mantuvo intencionadamente distante respecto a las vanguardias y las tendencias dominantes, sobre todo en su etapa de madurez, cuando más valoraba la calma y la intimidad.

La del pintor italiano es una de las vidas, más bien de las maneras de vivir, que desgrana Coradino Vega en un ensayo breve que editó Galaxia Gutenberg en 2021 y que, precisamente, se titula Una vida tranquila; sus reflexiones en torno a los modos de crear y de habitar Bolonia de este autor las entrelaza con textos sobre el compositor barcelonés Federico Mompou, la poeta estadounidense Jane Kenyon y los monjes que, en la película De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, dan vida a la comunidad monástica trapense, asentada en el Atlas, que fue asesinada por terroristas islámicos en 1996. El primero es autor de piezas a menudo breves, y más o menos improvisadas, que responden a un ideal estético delicado que encontró en san Juan de la Cruz (una música que sea la voz del silencio) y que pueden resultarnos tan despojadas como los bodegones de Morandi; aunque no le gustaba hablar demasiado, y menos de sí mismo, se definió como un hombre de pocas palabras y un músico de pocas notas. Kenyon, por su parte, creó poemas muy sobrios pero también claramente emocionales; no llegó a vivir cincuenta años, padeció algunos trastornos psicológicos que no le hicieron perder lucidez y encontró en sus textos (y en su matrimonio con Donald Hall, con quien vivió rodeada de naturaleza) un lugar seguro frente a sus fragilidades. En cuanto a los monjes del Tibhirine, recuerda Vega su convivencia fraterna con la población musulmana, su dilema entre la huida de la zona o la permanencia cuando acechó la amenaza terrorista y los consuelos que encontraron en lo más pequeño y cotidiano en los momentos de mayor incertidumbre.

Unas y otras figuras, a las que el autor se acerca sin ninguna intención de condensar objetivamente vidas y hechos, solo actitudes, tienen en común su elección voluntaria de atender a lo cercano, de no pretender prestigio, y de trabajar desde la contemplación pausada, desde un recogimiento que se les hizo deseable, necesario y quizá imprescindible, puede que en ese orden temporal, respecto a un ruido ajeno en el que no podían encontrarse. Se trata de creadores que no podrán resultar ajenos a cualquier amante de la pintura, el piano o la poesía (o a cualquier conocedor de los recientes mártires cristianos, en el caso de la comunidad trapense), pero cuyo reconocimiento no fue buscado, por preferir la paz individual y un día a día sencillo frente al bullicio de las grandes ciudades, cualquier estilo estandarizado o distracciones llegadas de fuera. Escogieron, en definitiva, estos personajes que centran la atención de Vega y que, en alternancia de fragmentos, protagonizan este libro, una contemplación y un recogimiento que quizá surgiera como vía para autoprotegerse, y proteger su sensibilidad, y que terminó consolidándose como paso necesario para su humildad; esa actitud, viene a reclamar el escritor, no suele alcanzarse de la nada, sino que requiere aprendizaje.

Una vida tranquila, que terminó de tomar forma, premonitoriamente, antes del confinamiento, aunque se publicara después, constituye una invitación atractiva, lejana al sermón insistente -Vega en ningún momento se dirige al lector de manera directa-, a pensar y decidir por uno mismo en qué merece la pena emplear el tiempo, a buscar la calma, a distinguir lo necesario y lo banal o a no disociar nuestras acciones de nuestros principios. A tomar conciencia de la pequeñez y no pregonar, en consecuencia, el descubrimiento.

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