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Segundo premio: una historia, solo posible, del tercer disco de Los Planetas

Más o menos tras superar la pandemia, los productores de Segundo premio, aún en cines, comenzaron a dar forma a una película en torno a la creación de Una semana en el motor de un autobús, el tercer disco y uno de los más difundidos de Los Planetas, que el año pasado cumplió un cuarto de siglo. En un principio el filme iba a ser dirigido por Jonás Trueba, que trabajó en él durante meses, pero finalmente, en la primavera del año pasado, terminó haciéndose cargo del proyecto Isaki Lacuesta; de ninguno de los dos era esperable un biopic musical al uso, y efectivamente el artífice de Un año, una noche ha logrado crear una obra no documental, pese a que podía prestarse a serlo, en la que funde su sello (una naturalidad muy difícil de lograr) con la recreación de un momento concreto en la historia de ese grupo de Granada, al que el mismo Lacuesta ha confesado haber conocido hace no demasiado. El resultado es una ficción de época –Segundo premio no sería en absoluto lo mismo sin su ambientación en los noventa- que transmite con tino un momento muy concreto de la música en vivo (subterránea, calurosamente acogida, más o menos libre en los discursos).

Frente a los mencionados biopics convencionales de músicos o grupos en los que la inspiración parece llegar del cielo, el ascenso al éxito es fulminante, salvo por algún bache, y escuchamos un número importante de composiciones de los aludidos que pueden restar tiempo y relevancia a la narración de su historia, o a la profundización en su personalidad, este trabajo da la vuelta al modelo conocido como un calcetín: no hay aquí nada semejante a una historia oficial (de hecho se da pie, en un ejercicio muy original, a que sus protagonistas la nieguen); no se relata al completo la trayectoria de Los Planetas, sino únicamente el proceso de creación -arduo y plagado de trabas, por todas las partes- de aquel tercer disco; y tampoco llega a darse ningún tipo de idealización del grupo en cuestión, más bien se adentra Lacuesta en las complejidades de sus personalidades y de su amistad, que tienen consecuencias en la grabación porque música y apego son, en este caso, indisociables. Por supuesto, ni los miembros de Los Planetas ejercen como actores ni sus pasos adelante ni atrás se vuelcan, en Segundo premio, al pie de la letra: este es un acercamiento creativo, una película sobre el mito en torno a ellos (o no) que arranca después del abandono de la banda por May Oliver (Stéphanie Magnin), que ya no toca, de espaldas, en los conciertos, ni es pareja del cantante, pero no deja de estar presente a lo largo de toda la obra -llegaremos a pensar que era el pegamento que unía al resto-.

Como puede esperarse, no hay narrador único sino múltiple y las voces en off son constantes, como recurso que posibilita inculcar en el espectador que aquello que ve es una posibilidad, una interpretación, y que existen otras versiones imaginables, empezando por la de la propia May; esto es, que ni en el rodaje del proceso de grabación de un disco, de duración relativamente breve en comparación con el afán biográfico de otras películas, es posible alcanzar una narración única y verdadera que no esté sujeta a zonas de sombra. El éxito había llegado antes, pero no es estático, y podría quedar triturado en cualquier momento, como la propia grabación de Una semana en el motor de un autobús, constantemente en el aire a cuenta de crisis personales, grupales, vicios, tristezas, peleas y reconciliaciones. Frente a esas películas en las que talento y esfuerzo dan sus frutos porque no puede ser de otra manera, en el filme de Lacuesta se entrecruzan infinitos factores humanos e imprevisibles que alejan esa suerte y que, por momentos, parecen hacerla inaccesible. O ni siquiera deseable.

Las situaciones críticas que propician, o en las que se dejan caer, fundamentalmente Jota y Floent, cantante y guitarrista, son recurrentes, pero a la vez distintas entre sí, y transmiten viveza narrativa frente a cualquier estructura más ordenada, aunque fuese menos repetitiva. A esa frescura contribuye, asimismo, un empleo poco enlatado de la música: ni esta habla de sus vidas, ni esas vidas explican las canciones; más bien las composiciones de Los Planetas han sido traducidas a imágenes fílmicas potenciales (podrían ser otras), parecen haber inspirado las atmósferas de Lacuesta y el modo de enfocar esta historia, personal y abierto.

 

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