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Radical, la confianza revolucionaria

Radical, obra de Christopher Zalla que obtuvo la Biznaga de Oro a la mejor película iberoamericana en el último Festival de Málaga, pertenece a esa familia particular de películas de asunto educativo en la que profesores que no han perdido la motivación o la esperanza recalan en colegios con alumnado más o menos conflictivo y situados en áreas poco privilegiadas. Con métodos normalmente inhabituales y contra todo pronóstico, muchas veces entre el escepticismo de sus compañeros, suelen mejorar el aprendizaje de los chicos o al menos su comportamiento, quizá con la excepción de algún muchacho especialmente difícil con el fin de que la trama resulte veraz. Es posible que uno de los primeros filmes en esa línea fuera Rebelión en las aulas de James Clavell, que se estrenó en 1967 y en inglés llevaba el significativo título de To Sir, with Love, con Sidney Poitier como el profesor que solía tener (casi) siempre la palabra correcta, pero la estela de trabajos posteriores en esta senda ha sido muy amplio; quizá sean especialmente abundantes en el cine francés: La clase de Laurent Cantet, Profesor Lazhar de Philippe Falardeau, El profesor de Tony Kaye, El buen maestro de Olivier Ayache-Vidal o La profesora de historia de Marie-Castille Mention-Schaar son solo algunos títulos.

Es menos frecuente, sin embargo, que estas historias partan de experiencias reales y ese sí es el caso de Radical, que se desarrolla en Matamoros, ciudad mexicana próxima a la frontera con Texas que viene creciendo económicamente, de la mano de la industria y el comercio con Estados Unidos, pero que no ha dejado por eso de ser centro de bandas criminales y de traficantes de drogas, cuyo impacto se hace notar también en las escuelas: tratan de atraer a miembros cada vez más jóvenes que no tienen nada fácil, más tarde, el escapar de sus redes. Es en ese contexto en el que Sergio (Eugenio Derbez, hasta ahora actor fundamentalmente de comedia y también productor de esta película) comienza a trabajar, de forma voluntaria, en un colegio de medios muy precarios -no carece solo de ordenadores, también de los tomos completos de una enciclopedia-, un centro de cuyos niños nadie espera apenas nada y por eso, plantea la película, apenas nada de ellos se recibía.

La propuesta “radical” de este profesor, que no resultará novedosa a los de su oficio, al menos en su teoría, pero cuya práctica sí puede ser muy extraña en ambientes tan condicionados como este, es que conceder a los chicos la confianza de que cuentan en sí mismos con la capacidad de aprender, de resolver retos que en un inicio les parecerían imposibles, y convencerlos de que tienen su futuro abierto, será la primera fuente de motivación para que su curiosidad y su deseo de saber crezcan, también para favorecer su respeto mutuo, dañado al principio de esta historia y bastante desarrollado en sus últimos compases. Prestando atención a las cualidades de cada uno, interesándose por ellos de forma individual, descubre las dotes extraordinarias para las matemáticas de una de las niñas, que sueña con convertirse en ingeniera desde su casa fabricada con chatarra y rodeada de ella (se trata de Paloma Noyola, prodigio a quien pudo la presión tras ser bautizada por la prensa como la próxima Steve Jobs); el interés natural por la filosofía de otra, que tiene difícil estudiar por verse obligada a atender a sus hermanos pequeños, en número creciente; o la peligrosa cercanía a la violencia de un muchacho a quien no llegó a tiempo de salvar.

Todos sus alumnos se enfrentan a problemas que pueden minar su formación y que no siempre estará en sus manos solventar, pero sí sabemos que también en todos puso Sergio (Sergio Juárez Correa es el nombre del maestro real) una semilla, la del afán por aprender. En alguna entrevista ha explicado que su motor a la hora de dar clases era la voluntad de inspirar a chicos rodeados de dificultades, incluso para llegar a la escuela (José Urbina López, se llamaba el centro). Si presionarlos ralentizaba sus capacidades, enfatizar su potencial de modo que creyesen en él habría de multiplicarlas; esta es la tesis de la película y de más de un método pedagógico -Sugata Mitra fue el punto de referencia directo de Juárez-, por más que la teoría se enfrente a infinitas trabas, no siendo la menor la desconfianza de los padres hacia esas esperanzas y hacia la conveniencia de infundirlas a los niños.

La tragedia que se ceba con aquel chico próximo a las mafias de la droga cuando él mismo quería alejarse de ellas desciende a tierra el posible idealismo de Radical, aún así dominada por el tono positivo, la fe en los frutos del trabajo y la atención a las conexiones, casi familiares, entre estos muchachos y su profesor (y por eso, emocionante pese a la previsibilidad). Llamativamente, como su director ha confesado, la película ha logrado éxito tanto en Estados Unidos como en México aunque ha sido interpretada, a uno y otro lado de la frontera, de forma muy diferente: al norte, como una oda a los resultados del esfuerzo, a las propias capacidades; al sur, como la evidencia de que son infinitos los desafíos que aún lastran una buena educación.

 

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