Galería Antai

Jordi Socías, el fotógrafo que nació en un cine

Fue bien entrado en la veintena, y después de haber ejercido oficios varios, cuando el barcelonés Jordi Socías tomó conciencia de que podía dedicarse profesionalmente a la fotografía: la epifanía ocurrió tras capturar, en Hospitalet de Llobregat, la imagen del Cine Lumière que vemos abajo, en el descampado de un suburbio y en un edificio que podía pasar por nave industrial. Alrededor pululaban madres con niños, algunas parejas, un tipo de aspecto siniestro… y, quizá por el recuerdo de la fascinación que el séptimo arte le suscitaba desde niño (él residía al lado de unas salas a las que parece que miraba como un caramelo), la estampa lo atrajo y se detuvo en su composición. Además, al revelar esta obra descubrió su propia sombra bajo la luz roja, encontrando en ella ese anuncio de que sería capaz de desarrollar un modo propio de observar.

Corría 1975, y desde entonces este autor ha transitado con su cámara muchos caminos o casi todos, desde el retrato artístico al fotoperiodismo, imprimiendo a sus imágenes un sello basado en el cuidado estético (mezcla de sofisticación y naturalismo), en un aire cosmopolita y, también y a menudo, en el humor. Cuenta el escritor Manuel Vicent, que lo conoce muy bien, que tarda bastante en desenfundar la cámara, porque mira y piensa con calma (no se dispersa, ni se pone nervioso, ni dispara contra todo lo que se mueve) y, cuando da con su motivo, se muestra, entonces sí, decidido, no necesitando más de dos o tres disparos.

Jordi Socías. Barrio de Bellvitge. Barcelona, 1975

Desde mañana podemos visitar, en la Sala Canal de Isabel II de la Comunidad de Madrid, una retrospectiva que recoge desde su mismo título (“Al final de la escapada”) el amor de Socías por el cine y que, según ha explicado hoy su comisaria, Lucía Laín, nace de un proceso de poner en orden y en desorden sus recuerdos; en palabras del artista, constituye un “paseo por el territorio de la observación”. Consta sobre todo de trabajos en blanco y negro, aunque no se tomaran así en origen, porque entiende Socías que la ausencia de color ofrece una expresividad mayor, y encontraremos entre ellos, fundamentalmente, retratos y escenas callejeras; los primeros los concibe como reflejo de la identidad de sus modelos y la calle la considera, en sí misma, como puesta en escena, como lugar donde ocurre la belleza y el drama.

Se inicia el recorrido anticipando esos desarrollos temáticos, con miradas poderosas (las de Pedro Almodóvar y Paloma Picasso), y con dos de sus composiciones urbanas más celebradas, dedicadas a Barcelona y al Jardín de las Tullerías de París. A continuación, y recogiendo el espíritu de “Una mirada particular”, la exposición que hace dos años brindó a este autor el Museo Nacional del Romanticismo y que ponía a dialogar su producción por dúos de imágenes captadas de forma autónoma, encontraremos en cada una de las plantas superiores de Canal trípticos de fotografías que convergen, con absoluta ironía, en torno a un asunto dado por una imagen de fondo dispuesta en la pared: el mar, el sexo, las parejas inesperadas. La generación de narrativas nunca obvias es una de las especialidades de Socías, admirador del surrealismo, y podremos percibirlo más de una vez en el montaje de esta antología.

Jordi Socías. Volando voy. Barcelona, 1978

Algunas de las primeras obras reunidas responden a instantes y espíritus de la Transición: fotografió una huelga masiva en la Seat de Barcelona en 1978, cuando aquella era la mayor fábrica de Cataluña; a los asistentes al entierro de los abogados asesinados en Atocha un año antes; o a los guardias civiles en torno al Congreso en las horas más confusas del 23F. También uno de los carteles de las primeras elecciones democráticas en Cataluña, dominado por una senyera que era entonces emblema de libertad, o escenas tempranas de diversidad sexual. Por su lente en aquellos años pasaron lo dramático y lo ligero.

Gran viajero, fotografió igualmente a un apacible anciano contemplando la pacífica Revolución de los claveles desde su casa; locales de París, una ciudad muy importante para él por la importancia dada en Francia a la fotografía; el admirado reloj de su museo de Orsay confrontado a la intervención lumínica de Olafur Eliasson en las turbinas de la Tate Modern; las calles de Sicilia, cafés de Ámsterdam, el envoltorio de Christo y Jeanne Claude al Reichstag berlinés…

Jordi Socías. Racalmuto. Sicilia, 1979

Entre su extensa galería de retratos, fruto de un estudio exhaustivo de los personajes abierto a la aparición de lo inquietante (la escenificación, a veces, se apropia de rostros como el de Dalí), veremos a Ai Weiwei jugando con bolas chinas, a Aitana Sánchez Gijón en una imagen entre castiza y contemporánea, a Gilbert & George siempre divertidos en sus poses, a quienes eran entonces jóvenes promesas del cine (como Penélope Cruz, Bardem o Banderas) en la terraza del extinto Cine Fantasio de Madrid; a Fernando Trueba como pirata; a Borges y Susan Sontag descansando en el Hotel Palace -se ha referido Socías al ensayo Sobre la fotografía como su libro de cabecera para entender el medio-; a Nacho Duato en acción y Barýshnikov descansando; al barón Thyssen junto a su mayordomo, su perro (y su teléfono) en una composición que podría ser fotograma; a Fernán Gómez en La noche más hermosa; a Coppola con otra compañía importante, la de su puro; a Le Carré junto al mar…

Retomando a Vicent, también aquí retratado, Jordi Socías sabe que los mejores paisajes están en el cuerpo humano, en los ojos, labios, manos, en los valles de dorada carne, en los surcos que cruzan el rostro. En ese mapa psicológico se mueve a sus anchas.

Jordi Socías. Kodachrome, 1983

 

 

“Jordi Socías. Al final de la escapada”

SALA CANAL DE ISABEL II

C/ Santa Engracia, 125

Madrid

Del 22 de febrero al 21 de abril de 2024

 

 

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