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Anatomía de una caída: juicio a lo desconocido

Frente a los thrillers en los que la incertidumbre reside en encontrar culpables escondidos y acompañar a los investigadores en las pesquisas, hasta que un supuesto malvado es enviado a juicio y ese es el fin de la historia, aquellos que se centran en los juicios mismos ofrecen como centro de interés la revisión desde el ojo ajeno de comportamientos y maneras de vivir y aportan infinita información no solo sobre las vidas y valores de otros, sino sobre el modo en que desde fuera estos son contemplados; hablan de la compasión o falta de ella, de prejuicios, de enfoques interesados y permiten, en suma, tantas lecturas e interpretaciones sobre los sospechosos como sobre quienes los escuchan, escuchamos.

Es el caso de Anatomía de una caída, el cuarto largo de Justine Triet, con guion suyo y de Arthur Harari: lo de menos en su trama es a quién puede atribuirse la caída mortal sobre la nieve de un padre de familia en una casa aislada en los Alpes franceses, por más que el espectador no disponga de más datos que los del jurado para conocer lo que pasó; lo de más son las razones, siempre subjetivas y nunca concluyentes, que pueden llevarnos a pensar o no en la culpabilidad de su esposa (Sandra Hüller), a quien se percibe más preocupada por su defensa que teóricamente convulsionada por la muerte de su marido, con quien no mantenía una relación fácil, sobre todo desde que su hijo (Milo Machado) sufrió una pérdida de visión accidental.

En todo caso, el hallazgo del cadáver de este hombre, por parte del niño cuando vuelve de pasear a su perro, desencadena una atención judicial y mediática sobre la familia que lleva a interpretar a la luz de esa muerte todo hecho, conversación y circunstancia pasada relacionados con la pareja: en este sentido, el público observará cómo detalles que en un principio le parecieron banales acabarán adquiriendo una importancia inquietante ante el tribunal. Cada aspecto de la vida anterior y presente del personaje encarnado por Hüller, a quien recordamos sobre todo por su registro muy distinto en Toni Erdmann, es escrutado con nula piedad por más que su vínculo con este suceso sea tangencial, y puesto al servicio de la visión de los hechos que especialmente el fiscal trata de ofrecer, en un ejercicio de lectura sesgada de una vida que a nadie incumbía hasta fechas recientes pero que se convierte en pasto de telediario. Las secuencias más delicadas de la película serán aquellas en las que el hijo pequeño del matrimonio, ahora huérfano y privado de un contacto natural con su madre, muestre calladamente su incomprensión y dolor ante lo que escucha, en sesiones a las que él mismo ha querido asistir, insistiendo en que no había ya pena e información que mereciera la pena ocultarle (los medios de comunicación se ocupaban de que no existiera la opción de la desconexión).

Un torrente de emociones y secretos es volcado en un estrado ante una jueza profesionalmente impertérrita y una esposa íncreíblemente integra pese a esa disección capaz de minar el equilibrio de cualquiera (Hüller ya ha recibido merecidos premios por este papel en los European Film Awards y Los Angeles Film Critics Association, y está nominada en los Globos de Oro y los Critics’ Choice Movie Awards). El buen asesoramiento en asuntos legales de Triet a la hora de rodar se aprecia, no solo en su tratamiento de la mecánica del juicio y en el trato dado al menor de edad, también en su traslación a la pantalla de la estrecha relación que llega a establecerse entre acusada y abogado (Swann Arlaud), siendo el primero este en advertir que no importará en el juicio la verdad sino la apariencia.

Pese a algún fragmento en que no se ahorran al espectador conclusiones que él solo podría obtener (la de que nadie ha ganado y todos han perdido en un proceso que, por momentos, parece tener más de experimento psicológico que de deliberación judicial), esta película gana por mantener la ambigüedad y la incertidumbre suficientes para que sea posible la interpretación: el modo en que sucedió el crimen y el papel de la acusada nunca quedan del todo revelados por las pruebas y los testimonios, así que corresponde a quien mira tratar de tomar partido y en todo caso quedar helado ante las derivas de una caída, que es física y literal, pero también metafórica (del matrimonio y, en parte, colectiva).

 

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