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NUESTROS LIBROS: Pregúntale al polvo

Pero ¿dónde estaban las palabras, las pequeñas voluptuosidades que había llevado conmigo? ¿Y dónde las fantasías, dónde mi deseo, y qué le había sucedido a mi valor, y por qué me reía con tantas ganas de cosas que no tenían gracia ninguna?

Este año se han cumplido cuarenta desde la muerte de John Fante, escritor y guionista de origen italiano que en vida, como tantos, no alcanzó éxitos ni reconocimientos -en realidad, la falta de ellos alimentó su propia obra-, pero que sí los recibió tras su muerte, sobre todo a raíz de que se divulgara un texto de Charles Bukowski de 1979 en el que este autor explicaba que, teniendo mucho que ver con Fante, queriendo dedicarse a la literatura y pasando hambre y bebiendo, buscaba en una biblioteca textos que marcaran una diferencia respecto al resto, que alzaran su voz sobre la mayoría, y solo los encontró en Pregúntale al polvo. Fue un momento, según él explicó, de hallazgo de la magia: Cada renglón poseía energía propia. He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

Esa alabanza del creador de Pulp sirve de prólogo a la edición que en la serie Compactos de Anagrama encontramos de Pregúntale al polvo, solo una de las novelas que Fante brindó al escritor en ciernes Arturo Bandini, muy convencido de su talento tras haber conseguido publicar un pequeño relato en una revista, casi siempre escaso de dinero, desdeñoso con los sentimientos de los demás, tan aparentemente seguro de sí mismo como torpe en el trato; en definitiva, un alter ego de Fante. La poca fortuna en el oficio literario, y en el del guion, ha dado lugar a novelas y películas brillantes, porque seguramente las miserias ofrecen infinitas posibilidades al ser contadas frente a las más reducidas de las dichas, pero el talento de Fante en este volumen es hacernos partícipes de las zozobras de su protagonista sin ensalzarlo ni convertirlo en antihéroe, sin negarle cualidades ni un carácter de perros, y ello narrando en primera persona y, por tanto, sin requerir del testimonio de la mirada ajena, más allá de la que el lector puede intuir.

Las andanzas de Bandini son limitadas porque también lo son sus contactos: un compañero de pensión con quien trafica con leche y que le debe un dinero que nunca llega, porque Bandini también tiene brotes de buen corazón; su editor Hackmuth, en quien espera encontrar un éxito que se le resiste; la camarera Camila, con quien entabla una relación abrupta de amor y odio que despierta sus mejores y peores instintos -este es el eje de la trama- y Sammy, el hombre malencarado al que ella realmente ama, otro aspirante a escritor con aún menos suerte que el protagonista, incluso con peor carácter. Porque Fante parece hacer hincapié en no pocos pasajes de esta historia en que, por muy falto de cualidades personales básicas y de ventura económica que su personaje pueda parecernos, siempre se codeará con otros menos afortunados que él, necesitados de esos pocos centavos que puede malgastar o susceptibles de sentirse afectados por sus desprecios, que casi constantemente dirige a todos desde la evidente necesidad de envanecerse. Tan sensible como vividor, Fante se disecciona a sí mismo, aquí y en Espera a la primavera, Bandini, Camino de Los Ángeles y Sueños de Bunker Hill, con brillantez y poca misericordia; tuvo muy mala suerte, tanto en su salud como en su citada fortuna literaria, y el mal humor que parece que siempre lo acompañó tuvo que soportarlo un extenso número de hijos.

Se encontraba en sus últimos años de vida cuando pudo conocer el texto elogioso de Bukowski del que comenzábamos hablando y cuando se compraron los derechos para hacer película Pregúntale al polvo (el filme llegó mucho después y es prescindible), pero su final fue duro porque tuvieron que amputarle una pierna y su ceguera le impidió escribir; tuvo que dictar de memoria, aunque en realidad ese siempre fue su procedimiento habitual, no comenzar un texto hasta que en su cabeza no le había dado forma por completo.

En todo caso, con su propia vida y su genio endemoniado como material básico, supo construir historias donde cabe la tragedia y el humor (el absurdo y el desesperado), breves por una capacidad de síntesis realmente a elogiar y, sobre todo, lucidísimas en ese análisis de sí mismo, de su capacidad narrativa enorme y de su (también grande) lado oscuro.

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