Galería Antai

Guillaume y Modigliani, un marchante para un pintor

Hoy puede resultarnos extraño, pero a Modigliani, que nació en Livorno pero residió en París dieciséis años de su vida corta (entre 1906 y 1920), y realizó allí la mayor parte de su obra, apenas se le dedicaron en Francia exposiciones individuales hasta los ochenta: a la del Musée d´ Art Moderne de la Ville de París de 1981 solo la había precedido otra en el Musée Cantini de Marsella en 1958. Seguramente se deba a dos razones: se mantuvo independiente frente a los movimientos de vanguardia, por lo que su producción no es fácilmente clasificable, y logró el favor del gran público tras su muerte, aspecto que despierta recelos todavía hoy.

Pero en esa década de los ochenta, que coincidió con la institucionalización crítica de las vanguardias, la suerte de su recepción cambió: se han multiplicado sus exhibiciones internacionalmente, y en este caso esas muestras no han servido para incrementar la popularidad de este autor, figura de leyenda desde su suicidio a los 36 años, sino que el propio Modigliani ha garantizado su éxito, aunque muchos críticos continúen entendiendo que su arte se ha sobredimensionado y que funciona en torno a él una mitomanía excesiva.

Tendrán una nueva oportunidad de extraer sus propias conclusiones quienes, hasta el próximo 15 de enero, se acerquen al Musée de l´Orangerie para visitar “Amedeo Modigliani. Un peintre et son marchand”, exposición centrada esta vez en los lazos establecidos entre el artista y Paul Guillaume desde que se conocieran en 1914, ocho años después de establecerse el primero en Francia. Antes se había formado en Italia: en una escuela de arte de Livorno; en el taller de Micheli, uno de los macchiaioli; en la Scuola Libera di Nudo de Florencia o en el Instituto di Belle Arti de Venecia, donde sabemos que desarrolló cierto interés por la escultura aunque sin desviarse de su camino pictórico.

Amedeo Modigliani. Elvire assise, accoudée à une table, 1919. Saint Louis Art Museum

Al inicio de su periodo francés continúo en esa senda -entrando en contacto con Toulouse-Lautrec, Gauguin y Cézanne, con la producción de los fauvistas y con las primeras creaciones del cubismo, al ser vecino de Picasso-, pero la entrada en escena (en la parisina) de Constantin Brancusi, a quien Modigliani conoció en 1909, supuso para él un revulsivo. Se inició en las tres dimensiones y se dedicó casi por entero a la escultura durante un lustro, hasta 1914: su ruptura con ese medio fue sorprendente, por repentina y por no regresar a ella ya nunca más, aunque es cierto que de sus experimentos escultóricos surgieron los dos modelos figurativos que predominaron en sus lienzos, el retrato y el desnudo, porque le ayudaron a conseguir una síntesis lineal radical y porque le sirvieron para aplanar la profundidad del campo visual. Como decíamos, hasta el año de su muerte, en 1920, solo se empleó Modigliani en la pintura y en la figura humana y lo haría siempre con el apoyo, tanto personal como económico, de Guillaume, que le alquiló su estudio en Mortmartre, lo introdujo en los círculos literarios y creativos y vendió y coleccionó sus telas.

Quien, a su vez, puso a ambos en contacto fue el poeta y pintor difícilmente etiquetable Max Jacob, y sabemos que Guillaume no tardaría en convertirse en marchante del italiano gracias a su correspondencia con Apollinaire, que para entonces, en los inicios de la I Guerra Mundial, se había marchado al frente (resultaría herido de gravedad y no conoció el final de la contienda, por unos días). Fueron varios los retratos que Modigliani brindó a su mecenas, en lienzo y dibujo; solo en 1915 y 1916 le dedicó cuatro y en el primero, que guarda justamente la Orangerie, podemos apreciar lo cercano de sus vínculos: Guillaume, entonces un joven de 23 años, aparece representado con traje, guantes y corbata, y por su apariencia de piloto de vanguardia en la parte superior encontramos las palabras Novo Pilota, que, al margen de su ironía en relación con esa ropa, expresan seguramente la esperanza del pintor en que su amigo propiciara para él una carrera fructífera.

Amedeo Modigliani. Un peintre et son marchand. Musée de l´Orangerie

En cuanto a Guillaume, nos dejó visiones valiosas del lado más íntimo del artista en sus relatos; ambos compartieron, más que intereses, pasiones artísticas y literarias. En palabras del marchante, Modigliani amaba y juzgaba la poesía, no a la manera fría e incompleta de un profesor universitario, sino con un alma de misterioso talento para las cosas sensibles y arriesgadas.

Esta exhibición, comisariada por Cécile Girardeau y Simonetta Fraquelli, cuenta con un centenar de pinturas, cerca de cincuenta dibujos y una decena de esculturas del de Livorno que sabemos que pasaron por las manos de Guillaume (incluyendo sus cinco trabajos en los fondos de la Orangerie); ese elevado número de piezas da fe del enorme aprecio del coleccionista por sus composiciones y de su afán verdadero por lograr promocionarlo: es conocido que algunas de estas obras las atesoraba en su propio domicilio y que, en buena medida, a él se debe la divulgación de esas figuras delicadas de ojos cegados en Francia y Estados Unidos en los veinte.

 

 

“Amedeo Modigliani. Un peintre et son marchand”

MUSÉE DE L´ORANGERIE

Jardin des Tuileries

París

Del 20 de septiembre de 2023 al 15 de enero de 2024

 

 

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